Lo cierto es que por saber, no sé ni cómo empezar esto. Últimamente parece que no sepa nada, que no quiera saberlo o que, por descarte, lo haya olvidado. La fase de arrepentimiento pensé que no llegaría, y aquí está. Lógico.
Hace poco más de un año y cuatro meses, conocí a una chica en un avión. Un avión que nos llevaba a pasar casi un mes en Dublín, Irlanda. Ese país en el que dicen que todo es verde pero a la vez gris. Lo que nadie supo es que pese a los días de lluvia, los cielos nublados y el clima apagado, la compañía de aquella chica avivó cada mañana, tarde y noche; Irlanda se volvió multicolor.
Recuerdo las carreras matutinas hacia el Luas, su risa al verme llegar sofocada, las tardes lluviosas en el Dundrum, tratando de no toparnos con ninguna monitora, los días de compras por la ciudad (y yo siempre terminaba cargando con algo),... Recuerdo esas y muchas anécdotas más que podría enumerar como lo hice en la carta que le escribí en el avión de vuelta. Recuerdo Madrid en diciembre, recuerdo Valencia en verano: juntas de nuevo. Recuerdo nuestras sesiones de fotos, e incluso cuando me cabreé conmigo misma y no quise hacerme ninguna foto en la Albufera.
Sin embargo, si lo pienso desde el final, ahora todo lo que siento es rabia. Escribo y reescribo este párrafo una y otra vez, porque le quiero tanto que me duele no poder expresar lo mal que lo he hecho estos últimos meses. Me duele ser como soy, guardármelo todo siempre, y terminar explotando. Sentir que he cambiado, sentir que me he ido apartando de todos, y de ella aún más al tenerla tan lejos. Sentir que todo se desmorona, y que soy yo la que lo está poniendo patas arriba. No solo con ella, sino con mi vida en general.
Ha dejado de importarme poco más que una cosa en concreto; lo demás termina quedando en un segundo plano o, en su caso, en un tercero. Me equivoco día tras día y voy sumando, y el peor de mis errores es que soy capaz de repetirlos aunque acabe de cometerlos. No aprendo, no me centro. Vivo en una burbuja y hasta la gente me lo dice.
Yo también me echo y le echo de menos, tanto como vivir el presente y no valorar nada más que eso. Sin estereotipos, sin obsesiones, sin hipótesis, sin nada más que yo, aquí, y ahora. Tal y como soy.
La vida y el cuerpo que me tocó vivir, eso que muchos llaman "suerte" y yo lo apodo con el nombre de "desgracia".