29 mar 2016

Dulce ficción

Pasada la noche, e inevitablemente, aparece el miedo. Pesadillas y sueños; todos reflejan una realidad verosímil, aquello en lo que de forma inconsciente hemos estado pensando a lo largo del día. Suelen ser, en general, nuestras mayores preocupaciones.
Lo que me ocurre a mí, y permíteme que te sea sincera por una vez, es que en mis sueños (o pesadillas, da igual el nombre que les pongamos) me sentía demasiado bien bajo tus brazos.
Tan bien que me levanto y me siento eufórica, fruto de esa ficción que mi mente se da el gusto de crear por un corto período de tiempo. Minutos que pueden parecernos horas con los ojos cerrados.
Me levanto y repito, me siento eufórica y no logro entender por qué. Tampoco en un principio puedo acordarme de lo soñado, hasta que los recuerdos llegan a mi mente como fuertes disparos de revólver, haciéndome comprender lo que había intentado explicarme durante tanto tiempo. Todo por y de lo que había huido sigue ahí.
Ahora entiendo que autoconvencerse no llega a ningún lugar,
tan solo es un viaje de ida
y vuelta.
Y cuando regresas,
los sentimientos están en ese espacio entre la puerta de casa y la calle, esperando que les des paso a entrar de nuevo.

22 mar 2016

La huída

No es el haberme fallado a mí lo que duele, lo que escuece, lo que sangra cada noche. Es el haberte fallado a ti y, por consiguiente, a todo lo demás, incluida yo misma.
No eran esos días grises los motivos de que preguntaras por qué estaba tan callada...
Todo tiene explicación, aunque esto ya ha perdido sentido y rumbo a partes iguales.
Creí que sin origen no habría final, creí que si no recordaba el prólogo no llegaría al epílogo, pero si llenas el depósito de un coche, lo dejas en marcha y te vas, perderá gasolina hasta que no disponga de nada. Hasta que vuelvas por donde te marchaste, mires al frente y te des cuenta de que las cosas han cambiado. 

Los árboles que había encima han florecido, e incluso sobre el techo y el capó del coche hay alguna que otra flor. La gasolinera que había al lado ahora es una tienda de bicicletas, y el camino por el que entraste para aparcar aquella vez el coche, ahora está asfaltado. Sin embargo, tu vehículo sigue ahí. 
Nada ha cambiado porque tú no lo has movido. Nada cambiará hasta que tú no decidas moverlo del sitio donde aquel día decidiste dejarlo.
El mundo no se detiene por nada ni por nadie, y si te paras, nadie va a pararse contigo y moverte. No porque no estuvieran dispuestos a hacerlo, sino porque solo tú puedes cambiar tu vida.