Pasada la noche, e inevitablemente, aparece el miedo. Pesadillas y sueños; todos reflejan una realidad verosímil, aquello en lo que de forma inconsciente hemos estado pensando a lo largo del día. Suelen ser, en general, nuestras mayores preocupaciones.
Lo que me ocurre a mí, y permíteme que te sea sincera por una vez, es que en mis sueños (o pesadillas, da igual el nombre que les pongamos) me sentía demasiado bien bajo tus brazos.
Tan bien que me levanto y me siento eufórica, fruto de esa ficción que mi mente se da el gusto de crear por un corto período de tiempo. Minutos que pueden parecernos horas con los ojos cerrados.
Me levanto y repito, me siento eufórica y no logro entender por qué. Tampoco en un principio puedo acordarme de lo soñado, hasta que los recuerdos llegan a mi mente como fuertes disparos de revólver, haciéndome comprender lo que había intentado explicarme durante tanto tiempo. Todo por y de lo que había huido sigue ahí.
Ahora entiendo que autoconvencerse no llega a ningún lugar,
tan solo es un viaje de ida
y vuelta.
Y cuando regresas,
los sentimientos están en ese espacio entre la puerta de casa y la calle, esperando que les des paso a entrar de nuevo.
29 mar 2016
Dulce ficción
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