Días fríos. Personas con miedo. Cambios repentinos. Decisiones que no hacen falta tomarse. Silencios que gritan "no aceleres que nos estrellamos" y charlas que huelen a un poco de "por fin encuentro algo que me resulta interesante".
Y de repente, un muro. Un enorme muro. De inseguridades. Ahogándose en un ascensor que baja lentamente once pisos. Un corazón gélido en el mes de diciembre; sin nada a lo que agarrarse, sin nada por lo que volver a tener esperanza.
Sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era algo asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.
No, no te quiere. Pero te pudo querer. Y no le dejaste.
¿Viviremos cerrando puertas que nos asuste abrir?
No hay comentarios :
Publicar un comentario