¿Alguna vez has sentido como si te arrebataran un pedazo de tu alma? ¿Alguna vez, ese nudo en la garganta, incomparable a ninguna otra sensación, incesable hasta el punto de pensar que te vas a quedar sin aire? ¿Alguna vez te has sentido tan vacío que hasta tu propia respiración te ahogaba? Pues bien, diría que cuando tú te fuiste, lo que llegué a sentir fue justo eso.
Cuatro años desde que escribí aquellas palabras y las entoné delante de una iglesia llena de gente; última vez que pisé una. Gente que te quería y palabras que se fueron contigo; podría decir en tu ataúd, pero no. No en él, sino en ti; por y para ti. Y a pesar del tiempo que ha pasado desde entonces las puedo seguir recordando, puedo recordar el principio de esa carta que te escribí aquel día, y que se fue contigo sin quererlo. Ese día que nos dejaste para no volver.
Un hasta nunca lento, que ninguno pudimos apreciar hasta que vimos tan efímero el final.
Muchas cosas en la vida son injustas, pero no me pude dar cuenta hasta que el destino decidió que te tocaba a ti marcharte. "Por qué”, cuantas veces nos lo habremos preguntado. Cuántas veces habré llorado abrazada a mi almohada recordándote, y cuántas veces seguiré haciéndolo hasta que no duela pensar en ti. Pensar que podrías estar aquí con nosotros, que no eras tú a la que le tocaba marcharse; no todavía, no de esa forma.
Nada más me queda por escribir en estas líneas que sé que nunca leerás ni serías tampoco capaz de entender si te tuviera aquí. Si te tuviéramos soltando un “te quiero” cuando no venía a cuento. Porque sí, por qué no. Así como tú eras…
Tan distinta, tan especial, tan irreemplazable. Eras, eres y serás.
Para siempre.
(Y ojalá no hiciera falta estar escribiéndote esto)
No hay comentarios :
Publicar un comentario